Una lenta y trabajosa reconstrucción. 1809

 

Una lenta y trabajosa reconstrucción. 1809

 

La reconstrucción del pueblo.

Nos podemos hacer una idea de cómo pudo quedar el pueblo tras el incendio. La constancia de la permanencia de las tropas francesas hasta quedar arrasado. Las pocas viviendas y la iglesia que servirían de refugio o intendencia de éstas mientras ardieron las casas por completo. Pero ¿qué paso después?

Sabemos que los jerteños se refugiaron en el monte, donde debieron permanecer algún tiempo, pero con la marcha del enemigo y después los rigores del invierno, regresaron a lo que quedaba de sus hogares. Es difícil, por no decir imposible, poner en palabras toda la rabia, la tristeza, la sensación de abandono, de desaliento, que debieron sentir esos jerteños.

Conocemos los daños económicos ocasionados, su cuantía y todo el viacrucis para que las autoridades competentes les favorecieran algo evitando los impuestos que se les hacía imposible pagar. A valor de tasación por peritos nombrados se llega a estimar que el total de pérdidas ocasionadas por el incendio ascendería a 4.725. 800 reales. Y eso sin contar las cosechas perdidas. Concretamente la de granos que fue incendiada cuando se encontraba en las eras.

Por los documentos que nos han llegado podemos vislumbrar algunas de las actuaciones que valientemente decidieron tomar para reconstruir el pueblo.

Una de las prioridades era reedificar, en lo posible, las casas para que sirvieran de cobijo cara al invierno. Y como consecuencia de ésta, el hacinamiento de varias familias en una vivienda sin adecuar, que perjudicarían las condiciones higiénicas, de enfermedades o las relaciones personales. La limpieza de la calle, llena de edificios derruidos invadiendo las zonas públicas, es una de las tareas primeras, para hacerla transitable. También el uso del Reboldo para la edificación de las casas por acuerdo del pueblo y petición a las autoridades.

Otra, la de recoger la cosecha de uva para hacer el vino, de por sí mermada, sin útiles para “entrojar” la uva ni cubas donde fermentarla. Que se traduce en muchos menos ingresos y más gastos, con el abandono de algunos terrenos menos productivos o que requieren más inversión de trabajos.

La tercera la pérdida de vecindario, dificultando todo lo anterior. Con lo que los gastos comunes se hacen más elevados entre menos personas. Aquí podríamos ver presentaciones de cuentas y nombramientos de curadores de menores al quedar huérfanos a causa de las peores condiciones de habitabilidad y alimentación.

La cuarta, y muy importante, la falta de liquidez de recursos en todos los niveles. Quiebras de personas que tienen censos sobre propiedades, casas o fincas. Y la imposibilidad de hacer frente a la reconstrucción de sus casas. Así encontramos documentos de ventas de solares o de terrenos con el fin de rehacer de nuevo su vivienda, disponiendo de esa forma de liquidez.

Una de las últimas, la desaparición de documentos imprescindibles para la vida y el desarrollo del pueblo. Al quemarse los archivos del ayuntamiento y los de la casa del escribano público, desaparecen escritos de hipotecas, de asientos de bienes, de cartas dotales de matrimonios, reparto e inventarios de bienes (muchos de ellos y los anteriores abrasados igualmente), empadronamientos… En varios escritos posteriores al incendio, donde se hace referencia a documentos anteriores, se indica que el archivo del escribano se había quemado junto con su casa. Y la consecución de nuevo de estos documentos legales suponía un gasto adicional e imprescindible. Para cobrar, aquellos dueños de censos, y para su titularidad los propietarios de fincas.

Afortunadamente los del archivo de la iglesia, al encontrarse la mayoría en la parroquia permaneció en buena medida. Además, quiero recordar haber leído en algún papel eclesiástico, que algunos libros parroquiales se habían llevado a Plasencia para revisarlos y se habrían librado de un posible deterioro o su pérdida.

Veamos esos aspectos más detenidamente y con indicación de las fuentes documentales que lo avalan, poniendo cifras o palabras en cada caso.

Reedificación de las casas del pueblo.

Aquí se establecen varios frentes y medidas.

Una de las primeras fue solicitar la exoneración de impuestos y gravámenes, tanto generales como extraordinarios de la guerra. Son varios los informes que se llevan a la autoridad de Badajoz, incluso Sevilla, previo paso por Plasencia, pero el desarrollo de la guerra impide que lleguen a buen puerto, dilatándose en el tiempo hasta el famoso escrito del cura Caleya, y otros posteriores. A pesar de ser un pueblo desolado sigue prestando ayuda con víveres a tropas que pasan por la zona. Incluso llega a aportar (lo podemos comprobar por los bonos de 1810) a las tropas francesas, so pena de ser represaliados de nuevo. Se llega hasta el punto de que, a pesar de la merma en todos los sentidos, vecinos y haciendas, se les apremie por todas partes. Baste recordar la derrama que el Duque de Ragusa hace incluyéndose a Jerte, que paga religiosamente. O los diezmos, reales contribuciones y otros pagos que se solicitan desde Plasencia, como si la situación actual del pueblo fuera la de antes o la del inicio de la guerra. Todas estas quejas se hacen patentes en varios escritos.

El primero, como ya dije al hablar del Reboldo, es la queja para evitar que se venda la tercera parte de este monte Reboldo, propio del pueblo, en 1811. Se le da poder a fray Alonso Cepeda del convento de san Vicente de Plasencia para que lleve, presente y defienda la postura de los jerteños ante la Junta de Gobierno Provincial. Aunque con esta cita textural medianamente se aclara.

“… no puede ni debe carecer el pueblo del referido castañar Reboldo por ser el medio más principal para su reformación, porque le suministra el maderaje que necesita para la construcción de nuevas habitaciones, para hacer cubas, baños y gamellones, y otras infinitas piezas de madera, le produce leña seca para quemar en los hogares, como también los castaños de planta que necesitan los vecinos para replantar sus castañares perdidos y que se van perdiendo por la epidemia o contagio que ha seguido y sigue actualmente en todo este país”.

El segundo, el más conocido y citado es la “Justificación de la ruina de Jerte”. Se trata de todo el proceso. Se le da poder al cura Caleya para presentar la petición. Los trámites se presentan en Plasencia. Se hace el nombramiento de la comisión para verificar la ruina de Jerte y sus causas. Siguen los testimonios de multitud de testigos ante el juez comisionado, el escribano de Piornal. Y recoge todo el procedimiento posterior hasta la consecución de lo pedido: que los tributos se perdonen por cinco años para facilitar la reconstrucción del pueblo. Es un documento muy importante y se recoge en otra entrada. 

El tercero, mucho más breve, pero muy interesante es el que, en reunión extraordinaria del Ayuntamiento jerteño, se solicita al rey la exoneración de contribuciones y réditos de censos en febrero de 1815. Una de las justificaciones es esta, recogida en ese documento: “de modo que, si el fuego de los franceses arruinó la población, el de las ejecuciones va ocasionando seguramente la de las haciendas, sin quedarles recurso alguno a estos infelices vecinos para poder subsistir. Y por otra con el motivo de no haber podido satisfacer tampoco las Reales Contribuciones que se están debiendo desde el año en que fue quemado el pueblo, y se están pidiendo, y amenazados también con iguales ejecuciones es otro infortunio para este infeliz pueblo, que de un día a otro le estamos esperando, pues, aunque hasta ahora no ha llegado, se están viendo ya las ejecuciones en algunos pueblos de la Vera de este mismo Partido de Plasencia”. Creo que, de por sí, merece la pena leerlo.

Podría poner aquí el caso concreto de la edificación de la casa del cura, de la que ya he dado cuenta en otras entradas. Pero por sí misma, y en referencia al vínculo de un clérigo jerteño del siglo XVI, merecerá una entrada en otro momento.

Para la recogida de la uva y la elaboración del vino se encuentran con varias dificultades. La pérdida de todos los útiles para esos trabajos hace en principio casi imposible la recogida de la cosecha inmediata, apenas un mes después de la quema. El incendio quemó la práctica totalidad de cubas donde se recogía y se fermentaba el vino (sobre 600 en toda la población). Los camellones (gamellones) donde se pisaba la uva, y todas las prensas o estrujones que hubiera en las bodegas. Recordemos que para prensar se utilizaban estrujones con un brazo largo. Hasta hace poco se veía en la bodega de la tía Emilia uno desde la calle, a través de la ventana. Las desgranaderas, cubetos, artesas, todas de madera se perdieron. Y hasta los alambiques para elaborar el aguardiente también se perdieron. En resumen, que todo lo que incrementaba el valor de la uva (al elaborarse el vino o el aguardiente) se perdió, vendiendo el fruto a precios bajos y sin posibilidad de obtener el beneficio que suponía almacenarlo y venderlo poco a poco, incluso llevándolo a otros mercados más lejanos. La merma de sus ingresos debió prolongarse algunos años.

Por otra parte, las castañas pudieron ser una manera de supervivencia, a pesar de la prolongada decadencia del castañar por la tinta.

Si los ingresos son inferiores, difícilmente se puede hacer frente a la reedificación de una casa (una inversión alta en cualquier época), alimentar a la familia, trabajar la tierra y pagar los réditos corridos de los censos cargados sobre las propiedades particulares.

Para que nos hagamos una idea, en 1815 no se habían pagado ni estos réditos ni las reales contribuciones desde 1809. Y es que estamos hablando que sólo los primeros, generados por los préstamos censales particulares, sumaban sobre 450.000 reales. Una persona podía ganar según la tarea entre 3 o 4 reales al día, y 7 reales en los días de vendimia. Son muchas peonadas. Si lo traducimos a viviendas, podría totalizar como 90 casas nuevas. Y casi todos los vecinos tenían estas hipotecas, incluidos los mejor posicionados económicamente. En caso de no pagar se recurría a la justicia que les apremiaba cargándoles con las costas (aumentando así la deuda) y en algunos casos sacando a subasta pública sus bienes, ya demasiado escasos. Y lo mismo les pasaba a los memores huérfanos que tenían alguna propiedad. Estaban completamente desvalidos.

La pérdida de vecindario se refiere en varias ocasiones. Y algunos escritos nos dan algunas pistas de lo que ocurrió. Ponemos ejemplos:

Antonio Carrión, en 1815, al fallecer su mujer María Sánchez el pasado diciembre, presenta el testamento que hizo en Navaconcejo donde residía después del incendio. Como otros muchos jerteños se marcharon a los pueblos vecinos y fueron regresando conforme pudieron. Es curiosa la parte introductoria del documento: “Que incendiado mi pueblo y mi casa por los franceses, residí en éste (Navaconcejo) unos meses con mi mujer María Sánchez en el año de 1810, y deliberando hacer testamento ambos bajo de un contexto otorgamos el que resulta del documento que presento y juro, y que me fue dado por Alonso Manzano de esta vecindad, a cuya presencia, la de Manuel Serrano, Manuel Izquierdo, José González, Baltasar Marín y Francisco Vicente y su mujer, todos de esta vecindad”. Ambos dejan al que sobreviva sus bienes. El testamento se hizo ante Alonso Manzano de Navaconcejo porque el escribano no se encontraba en la población “en cuyo día no se hallaba en este pueblo su único escribano D. Alonso González Carrón por sus temores y huidas continuas de los franceses”.

Fulgencio Berrocoso vecino de Jerte en 1809, muda su residencia y vecindad también a Navaconcejo ese mismo año. Pero sigue manteniendo en Jerte sus propiedades a donde se desplaza para trabajarlas y de donde obtiene sus frutos de castaña, uva y legumbres. En el año de 1810 se le quiere cargar en las contribuciones como vecino de Jerte. Éste protesta y solicita al procurador síndico personero de Navaconcejo, donde reside en la actualidad, los documentos que le reconocen como vecino de ese pueblo en los años 1809 y 1810: los libros cobratorios y la relación del pago al cirujano que, como en nuestro pueblo, se hace por derrama entre el vecindario.

Otro ejemplo es el de María Arias, casada con Antonio de Piornal, y domiciliados en Jerte. Se marchan al pueblo serrano tras la quema y, sólo después de enviudar regresa María a su pueblo, donde se casa de nuevo.

Otra jerteña se casa con uno de Pasarón. Tras el traslado, venden fincas en Jerte, justificando en este caso la distancia al campo desde la población verata. Estos no regresan.

Son situaciones tipo de lo que ocurrió. Unos se quedaron. Otros se marcharon y regresaron relativamente pronto. Y algunos no volvieron.

También están los que vienen a trabajar y echan raíces casándose aquí. Aunque estos artesanos constituyen una población flotante que se desplaza según la demanda de su oficio. Un caso muy ilustrativo de los que ocurre es el de un maestro serrador de madera, oriundo de Palencia que acude al pueblo con sus tres hijos. Es el inicio de la reconstrucción. Hasta aquí normal. Conocemos el caso por una causa penal que se establece cuando a sus tres hijos se les incluye en el sorteo de los jóvenes llamados a filas que le corresponde en cupo a Jerte. La merma de población no es suficiente para cubrir este grupo de milicias. El padre se niega a que sus hijos entren en el sorteo y no los presenta. Alega además cierto documento que lo justifica de Plasencia. En teoría marcha a Plasencia para presentarlo ante la justicia jerteña. Estos le dan un plazo mínimo. Transcurrido el tiempo no presenta papel ninguno. Pero sus hijos se han marchado, dándose a la fuga. Detienen al padre serrador, le meten en el calabozo de Jerte que debía ser irrisorio después de la quema. Ante la imposibilidad de incorporar al ejercito a los hijos del serrador y de éste al no poder trabajar al estar preso, se va comiendo sus ahorros. Finalmente le dejan libre, después de un tiempo. Se sabe que con posterioridad sigue trabajando en el término de Cabezuela. Porque esa es otra. Vivían casi todo el tiempo en el monte donde realizaban su trabajo y en pocas ocasiones en la población.

Así, la pérdida de población se compensa, en parte e inicialmente, por las personas que vienen a trabajar para reconstruir el pueblo. Sobre todo, artesanos y alarifes: albañiles, carpinteros y serradores. Podríamos poner muchos ejemplos. Unos con más fortuna que otros. En ocasiones se casan con viudas, relativamente jóvenes, que han dejado menores a sus cargos. Aquí la asunción de responsabilidades se comparte, con la vigilancia de la junta de parientes y la justicia local.

Otros aspectos fundamentales son la natalidad y la mortalidad.

Al disminuir la población, por la marcha de vecinos a otras poblaciones, la urgente incorporación a filas del ejército de los más jóvenes, incluso la marcha de jornaleros para buscar patrones que les puedan pagar hace que durante esos años se resientan los nacimientos. Aunque se verán compensados por la vuelta de muchos de los vecinos.

Pero sobre este aspecto demográfico incidiremos en otra entrada específica, analizando los nacimientos, casados y defunciones de esos años.

La falta de liquidez y de recursos.

La dificultad para obtener dinero contante y sonante estriba en varios condicionantes:

·        Como hemos visto en entradas anteriores sobre las hipotecas, una forma de obtener dinero es a través de un censo. Pero no todo el mundo tenía acceso a él. Se requería un aval de propiedades que muchas veces llegaba a multiplicar por diez o más veces el valor del préstamo. Cuando no se llegaba a estos avales propios se pedía a otras personas que avalaran o respondieran por esas cantidades como fiadores. En una situación tan precaria, pocos podrían responder por lo suyo o por lo de parientes o allegados. Si encima estaban endeudados por censos anteriores, la dificultad se vería aumentada.

·        ¿Y quienes podrían prestar dinero, a modo de bancos, ser prestamistas? Siempre lo fueron las órdenes religiosas, congregaciones, conventos, capellanías, fundaciones, memorias… Incluso la propia parroquia o las cofradías más saneadas. Sobre todo, las de poblaciones mayores como las de Plasencia. En grado inferior, para el caso de nuestro pueblo, estarían familias con economías saneadas que prestaban cantidades menores, aunque fundamentales para el día a día, o para comprar alguna finca. En entradas muy anteriores se comenta esta realidad.  Pero también nos encontramos con prestamistas exteriores al valle en algunos documentos. En una entrada anterior del menor Juan Sánchez, en 1813, debía 2.300 reales “a unos señores de Alcuescar”. De la venta de sus bienes se le pagan 1.500 reales “a D. Juan Zambrano” de esa localidad.

·        La otra posibilidad es convertir en dinero una propiedad, vendiéndola. Y aquí nos encontramos dos consideraciones. Qué se vendía y quién lo podía comprar. Se venden solares, prados, viñas o castañares con la intención de reconstruir la casa de morada, como se dice en más de una ocasión. Francisca Sánchez, viuda, vende en 1810 mediante cuatro ventas, cuatro viñas a Tomás Ximénez, por un total de 4.460 reales. Al año siguiente vende un huerto en el Humilladero a Antonio Cepeda en 550 reales. O Ángela Rubio, viuda de Gaspar Hernández, que vende en 1810 un huerto en la calle de Arriba en 320 reales a Juan Rodríguez, y al año siguiente, en 1811, un solar de casa en el barrio de la calle de Arriba a Andrés Méndez en 180 reales. O Vicente López que en 1810 vende a Francisco Martín del Río un castañar en el Cotarro por 1.700 reales “para construir de nuevo la casa que tenían mis hijos en el barrio de la Plazuela”.

Y lo compran muy poquitos. En el listado de aquellos que los adquieren tenemos a cargos municipales de esos años. En el plazo de esos tres años, 1810 a 1812, Tomás Ximénez compra por valor de 4.460 reales. Francisco Martín del Río, por valor de 2.900 reales. Lorenzo Buezas, por valor de 2.310 reales en un prado de guadaña y una viña, pero además invierte 8.004 reales en el abasto del aguardiente del ayuntamiento, que hace una inversión superior a los 10.000 reales. El ayuntamiento lo cedió en esa cantidad “para conseguir dinero ante los apremios de la guerra”. Era 1810. Hasta el cura Félix Caleya compra dos solares de casas. Uno en la calleja del Chorretón, barrio de la Plaza, y el otro en la plazuela. El resto de los compradores responden a apellidos como Cepeda o Gallego. Una de las cantidades mayores es la que desembolsa María Cepeda, viuda de Matías Gallego, que en el 1811 da 10.004 reales por el Abasto de Abacería (aceite, jabón y sal). Hasta tal punto aparecen estos apellidos en estos documentos que puede servir de referente la dispensa papal que solicitan Antonio Cepeda y Baltasar Gallego para casar a sus hijos, Alejandro Gallego y María Cepeda (debían ser primos) en 1811. Ambos tenían reconstruidas sus casas en esa fecha. Se las valora en 3.000 reales una en la Corredera y otra en 7.000 reales en la calle de Abajo.

Para finalizar hay casi una correspondencia entre las personas que hemos anotado con las que compran en la almoneda del menor arriba referido de Juan Sánchez en 1813. La conclusión es sencilla. Quien más y quien menos intentó quedarse en su tierra, administrando sus bienes. Y en la medida de lo posible administrarlos. En cuanto pudo regresó al pueblo. Pero fue una tarea ardua, con enormes esfuerzos, grandes sacrificios y durante años.

La falta de documentos, al quemarse la escribanía con la casa del escribano, es una de las constantes que se nombran en muchos escritos posteriores al incendio. Desde los de carácter oficial que presentaron los representantes del ayuntamiento, hasta aquellos privados relacionados con los censos, las herencias o conflictos entre particulares. Por lo pronto es difícil determinar quienes se tienen que hacer cargo de los réditos de censos fundados hace muchos años, en ocasiones heredados de padres o abuelos, incluso ateriores. Heredados otras veces de familiares como tíos o suegros. Al final quienes tienen la propiedad sobre la que está cargada la hipoteca son los que tendrán que responder de ellas. Y el dueño de las hipotecas tiene el derecho a reclamar a sus deudores que vuelvan a hacer las escrituras públicas con las condiciones estipuladas y actualizando el aval con sus bienes actuales. Y eso es un reto, cuando la fortuna de las personas ha mermado considerablemente. Quiero recordar algún documento de la iglesia parroquial que comenta el cobro de diezmos y réditos de censos que dejan de pagarse después de 1809 y de la dificultad para su cobro. En las mismas fechas muchos no pagaron los censos corridos de la memoria de Catalina Jiménez, fundada hacía dos siglos atrás.

También encontramos datos que hacen referencia a estos problemas de pertenencia. Uno de los más llamativos es el conflicto generado por una viña situada en las Cornejas. Se tenía especial cuidado a la hora de constatar las propiedades que se ponían como aval, además de la información de personas conocedoras de esas fincas. Pero en este caso la picaresca fue más audaz. O tuvo suerte.

En 1814 Antonio Cepeda Beato, como representante de D. Fernando Terrón, presbítero y vecino de la villa de Casar de Palomero, éste como poseedor de la Capellanía que en la parroquial de San Martín de la ciudad de Plasencia fundó D. Pedro Quirós, presenta una reclamación sobre una viña en las Cornejas. En ese momento estaba cargada sobre un censo que impusieron Alonso García y su mujer María Sánchez junto con Andrés Méndez y María Antonia Oliva su mujer. El problema llega hasta los juzgados de Plasencia donde el juez de primera instancia D. Antonio José Galindo ante los documentos aportados y exhibidos declara que, una vez verificada la identidad de la viña, ésta está cargada y puesta como aval en tres hipotecas diferentes y de distintos años. La primera que se formalizó a favor del convento de Santa Clara de Plasencia en 1737. La segunda a favor de la Capellanía de D. Tomás Torres servidera en el coro de la catedral placentina con fecha de 1775. Y la tercera la del referido presbítero de Casar de Palomero, posterior a las anteriores.

Visto lo cual determina que quien tiene derecho sobre la viña es la primera hipoteca la de las Claras. Si sobra algo sería para cubrir la segunda, la del coro de la catedral. Y como consolación, a quienes habían promovido el pleito, se les deja sólo para que en el caso raro que sobrase algo, se les pague.

En la misma línea de conflicto por la desaparición de los documentos hay muchos más. Uno tortuoso que implica a muchas personas, comprendiendo varias generaciones es el relativo a una carga sobre un castañar en los Castillejos. La fecha de 1815. Antonio Simón “como padre de mi tierno hijo” Domingo Simón junto con Juan González inician una demanda para que los herederos de Baltasar de Sosa contribuyan al pago del censo que sobre esa propiedad está establecida. La falta de documentos dificulta sobremanera las indagaciones. La otra parte evade responsabilidades. El litigio llega a la friolera de 142 páginas. Y no concluye.

Con estos ejemplos queda claro que la reedificación del caserío debió ser muy complejo, y para algunos una ruina. Como más arriba se dice, el temor de los jerteños a que se ejecutasen los censos y sus réditos, que ya había comenzado en la Vera, no tardaría en llegar al valle. Un documento que hace referencia a una venta de solar en la calle de Arriba en 1825 es consecuencia de lo que decimos. Se remata en pública subasta en la Plazuela ante los dos alcaldes Antonio Cepeda y José Arias. El motivo, la petición del censualista, y “se vendió por su comisionado”. Tres testigos lo ratifican, entre ellos la anterior propietaria, María Martín de 75 años en la fecha del testimonio, que lo poseía “por herencia de sus padres”, y se vendió “para pago de los caídos (réditos) de un censo que pagó su abuela Francisca Benito a una capellanía fundada en el pueblo de Cantagallo”. Las ejecuciones de los censos impagados se dieron.

Para no alargarlo más será preciso hacer nuevas entradas que complementen lo que aquí llevamos dicho y nos enriquezca la visión que de esas fechas podamos tener.

 

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